LOS AGUJEROS DE LAS TERMITAS, Jesús Gordillo

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Solemos pensar que las grandes batallas son siempre las mejores. ¿Por qué? ¿Qué nos hace pensar que algo, por más complejo, extenso o profundo, es necesariamente mejor? Si en algo destacan las espadas de estos ronins, además de por su libertad, es en decantarse por la literatura de género, que tradicionalmente se ha llamado en muchas ocasiones “popular”. Esas son nuestras batallas, sencillas, fascinantes y, sobre todo, humildes. Lo más gratificante es que, en ocasiones, hay novelas y autores que, vagando con la sencillez del que sólo quiere entretener, dejan en evidencia a muchos de los supuestos “grandes escritores” al superarles en su propio terreno.

 

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No, no es Ron Perlman, es Jesús Gordillo, nuestro espadachín de hoy

 

“Siente que lo lleva en la sangre. Se lo atribuye al destino, mientras apura otra cerveza y da un perezoso paseo para situar la lata vacía encima de una roca a unos veinte metros. Mientras vuelve a su posición, empieza a sentir un ligero hormigueo en la entrepierna y, en cuanto empuña la pistola, la erección se vuelve completa y firme como el mismísimo plomo. Repara en ello y sonríe.”

 

Así es como el espadachín Jesús Gordillo entra en la página. Sin filtros ni medias tintas. Un trabajo directo, cara a cara con el lector, sin pestañear. Su historia, Los Agujeros de las Termitas, se ha vuelto uno de mis libros favoritos, y precisamente puede que sea por su falta de filtros, no sólo de género (aunque en la contraportada se puede leer “thriller urbano”), sino que también en el detalle. Pero vayamos por pasos.

En un “érase una vez” de un Madrid hecho bajos fondos, encontramos nuestra historia de dudosa categoría: ¿es un thriller?, ¿una novela sobre el legado de la guerra civil?, ¿novela social?, ¿de aventuras?, ¿psicológica?… Llega un momento en el que, pasadas las cinco primeras páginas, ya no importa: es una novela hecha para el placer. Simplemente (o no) cuenta una historia, la de tres desamparados del mundo, que se topan, por suerte o por desgracia, con el hallazgo más importante de sus vidas: un tesoro de la Guerra Civil. Lo que  Zuno (un inmigrante ilegal), Sara (una carterista) y Amadeo (un ex-convicto) puedan hacer con él, queda a disposición del lector.

Pide un cuarto vodka y su boca saliva en exceso mientras el camarero se lo sirve. No hay ceremonia en la copa, sino que se trata de un tubo largo estándar, de cristal grueso y prácticamente opaco por las ralladuras y los sufrimientos de barra. Sin embargo, en aquel antro de barrio donde priman los licores clásicos y el vino en vaso corto, beber vodka con hielo la convierte, sin lugar a dudas, en la persona más sofisticada de todo el local. Y así se siente

Jesús entra en situación sin dudas pero sin prisa, como un francotirador experto, esperando a que pase la palabra perfecta para usarla como diana. Cada descripción, cada imagen, cada característica está medida en el diccionario y ajustada al texto demostrando una maestría en el bushido propia de los grandes maestros. Eso sí, su espada es de mithril: no pesa ni un gramo con lo que, cuando uno se ha dado cuenta, ha recibido treinta estocadas mortales.

 

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Yo ya tengo el mío, firmado y todo.

 

Ese es uno de los trazos singulares de la katana de Gordillo en sus Agujeros, pero no el único: también están los personajes.  No me refiero a personajes bien transmitidos, redondos, esféricos, de los que no paran de evolucionar. De esos los hay a montones, muchos más si son protagonistas. A lo que yo me refiero son personajes memorables, de esos que se quedan en el fondo del ojo porque han plasmado tan bien un carácter que es imposible hacerlos desaparecer de la memoria. Autenticidad nivel pata negra. El resultado: cuando este ronin acabó de leer Los Agujeros de las Termitas, de Jesús Gordillo, supo que ese novelón que tenía en las manos era bueno, muy bueno, pero que, además, tenía dos cosas absolutamente envidiables para todo espadachín: su capacidad evocadora y unos personajes de lujo.

La violencia palidece por la mañana. Los rayos del sol atraviesan el vaso de Coca-Cola y dibujan sobre la barra del bar un brillante mar tostado, que le trae a la memoria recuerdos de amaneceres lejanos.

Y diréis: ¿ya está? Ni lo soñéis. Los Agujeros de las Termitas es, además, una historia sencilla pero con raíces, sólida. Lo que empieza como un simple hallazgo arqueológico en el centro de Madrid pasa por encima de la Guerra Civil (explotada en trescientos millones de novelas, pero de una manera nueva: desde la fantasía y la imaginación), traspasa fronteras y llega a implicar a importantes personalidades del reinado del lord Sith más famoso de la Historia de España.

¿Y todo esto así, por las buenas? En absoluto: la mayor de las elegancias de Gordillo es mantener la historia dentro de los cauces de la coherencia y la adecuación. Nada de evoluciones épicas, ni grandes tramas políticas: Los Agujeros es un libro que empieza sencillo y acaba sencillo. Esto se aplica también a la longitud: las 305 páginas de la edición de Hermenaute podrían haberse convertido en 500, con toda seguridad, y sin complicarse la vida, pero el autor supo que su camino no incluía ese desvío y Jesús, como espadachín con honor, no tomó esa senda.

 

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La Estación de Atocha, territorio de Sara

 

Se sacude los fantasmas antes de que le acorralen. Ha aprendido a hacerlo en la cárcel a base de masticar la mala conciencia. Los remordimientos se retiran -vencidos ante una mente sibilina, armada con inconsciencia disfrazada de filosofía- y ahora consigue espantar las culpas sin siquiera parpadear el alma.”

En fin, admito que mi objetividad ha sido dañada. Después de leer la novela, no puedo evitar mirar a cada peatón con el que me cruzo con cara de mala vida. Cada vez que uno pasa a mi lado, ya no siento lástima por su suerte, miedo a sus reacciones o respeto ante su resistencia: ahora siento curiosidad por saber qué tesoro oculto habrá encontrado en la plaza contigua. Y, como a las personas honorables, no te lo perdonaré jamás Jesús Gordillo. Has hecho un libro de los buenos. Os lo recomiendo a todos.

 

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